Por Sofía Gómez
14 / 01 / 2026 | 7 mins de lectura
14 / 01 / 2026 | 7 mins de lectura
14 / 01 / 2026 | 7 mins de lectura
Hoy, muchas de las decisiones cotidianas parecen pasar por los creadores de contenido: qué comprar y qué evitar, dónde mirar, qué leer o incluso a quién escuchar. Pero su influencia ya no se limita al consumo.
[Este contenido es parte de nuestro especial "Crear, recomendar y vivir del contenido: cómo un like, comenta y comparte se transformó en un trabajo]
Los creadores han entrado en espacios como la salud, arte, diseño, lectura o las finanzas, ampliando su impacto más allá de las marcas. Crear contenido se ha convertido en un territorio de interés creciente y, poco a poco, en una industria reconocida, capaz de mover millones de dólares.
Esa expansión ha ido de la mano de una profesionalización acelerada. Hoy, muchos creadores trabajan con equipos completos —producción, estrategia, comercial y gestión— que elevan la calidad del contenido y confirman que, detrás de cada publicación, hay cada vez menos improvisación y más trabajo estructurado.
La creator economy —o economía creadora— se refiere al ecosistema donde personas convierten la creación de contenido digital en una fuente de ingresos, apoyadas por plataformas tecnológicas, marcas y audiencias.
Según Goldman Sachs Research, este universo estimado en cerca de 50 millones de creadores a nivel global crecerá a una tasa anual de entre 10% y 20% durante los próximos cinco años.
Hoy, la principal vía de ingresos proviene de los acuerdos con marcas, que representan cerca del 70% del total, seguidos por la participación en ingresos publicitarios de las plataformas y por modelos de pago directo como suscripciones, donaciones u otros aportes de la audiencia.
Pese al tamaño del ecosistema, solo un 4% de los creadores puede considerarse profesional, es decir, con ingresos anuales superiores a los 100 mil dólares. Esa proporción, proyecta el informe, se mantendría relativamente estable incluso a medida que la economía creadora continúe expandiéndose.
La proyección es clara: la creator economy podría acercarse al medio billón de dólares en 2027.
En la cima del ecosistema, la economía creadora ya opera a escala industrial. Según Forbes, los 50 creadores mejor pagados de Instagram, TikTok y YouTube generaron en conjunto 853 millones de dólares en 2025, un 18% más que el 2024, sin considerar participaciones accionarias, licencias o negocios propios.
Lejos del estereotipo del video viral espontáneo, los principales influencers hoy dirigen empresas complejas: estudios de producción, equipos creativos, marcas de consumo, podcasts, realities, eventos en vivo y acuerdos con plataformas de streaming.
Crear contenido es solo una parte del trabajo; el resto es estrategia, negociación, expansión de marca y gestión de audiencias.
Los mejor pagados de 2025 (Forbes):
En 2020, los vasos Stanley no eran un objeto de deseo. De hecho, estaban a punto de ser descontinuados. Se vendían como equipamiento de camping, tenían poca presencia digital y no lograban conectar con nuevas audiencias.
El giro comenzó fuera de cualquier estrategia corporativa: en la recomendación informal entre mujeres que vieron en el producto algo distinto a lo que la marca había imaginado.
Desde California, una de las fundadoras de The Buy Guide descubrió el vaso de 40 oz y empezó a regalarlo. El patrón se repitió una y otra vez: a quien lo recibía, le encantaba.
Cuando The Buy Guide dio sus primeros pasos en Instagram, el vaso fue uno de los primeros productos que recomendaron. Cada mención terminaba igual: stock agotado. No había campañas pagadas ni acuerdos comerciales. Solo confianza, criterio y una comunidad que respondía.
El problema era que la marca no estaba mirando ahí. Stanley tenía poca actividad en redes y no entendía ese tipo de tracción. Incluso descontinuó el producto, convencida de que su ciclo estaba terminado.
Para The Buy Guide, fue una señal de alerta: veían una demanda real que la empresa no estaba midiendo. Tras múltiples intentos fallidos de contacto, una coincidencia abrió la puerta: una celebridad compartió el vaso en Instagram y alguien del equipo de Stanley lo vio.
Lo que siguió no fue una colaboración tradicional, sino una apuesta de alto riesgo. Sin respaldo financiero ni experiencia industrial, las creadoras compraron 5.000 vasos con su propio dinero, aprendiendo sobre órdenes de compra, logística y e-commerce sobre la marcha.
En cinco días, la comunidad compró todo. Para Stanley, fue el mayor volumen vendido de ese producto hasta ese momento. Aun así, el escepticismo persistía.
La validación definitiva llegó con el lanzamiento oficial en 2020, que colapsó el sitio web de la marca.
En días, las ventas superaron todas las expectativas. En los lanzamientos siguientes, con un e-commerce reforzado y una estrategia de influencers, el fenómeno se consolidó.
El caso Stanley muestra cómo recomendar dejó de ser un gesto espontáneo para convertirse en una capacidad estratégica, capaz de redefinir productos, audiencias y mercados completos.
Durante años, ser influencer fue visto como un camino informal. Hoy ocurre lo contrario: crear contenido es un trabajo cada vez más complejo, regulado y observado, especialmente por empresas y reclutadores.
En este proceso emerge una figura clave: el corporate influencer, empleados que amplifican el mensaje de su empresa desde sus propias redes, con una credibilidad que las marcas ya no pueden ignorar.
Según el Edelman Trust Barometer, el 63% de las personas confía más en un empleado que en el CEO de una compañía.
Esta preferencia por lo humano también se refleja en el consumo: de acuerdo con Nielsen, el 92% de los consumidores confía más en recomendaciones de personas reales que en publicidad tradicional.
En términos de alcance, Hootsuite estima que los empleados tienen, en promedio, 10 veces más alcance que las cuentas oficiales, mientras LinkedIn reporta que su contenido genera hasta 8 veces más interacción, llegando en algunos casos a multiplicarla por 24.
El reconocimiento ya no es solo empresarial, también institucional. En el Reino Unido, un estudio de Oxford Economics reveló que los creadores de YouTube aportaron 2.200 millones de libras a la economía británica en 2024 y sostienen 45.000 empleos. Las cifras impulsaron la creación de un Grupo Parlamentario Multipartidario (APPG) que busca otorgar legitimidad formal a la actividad, facilitar acceso a financiamiento y equiparar derechos frente a industrias tradicionales.
Recomendar ha sido, desde el origen, una de las funciones centrales de los influencers. Pero esa lógica también ha generado un contramovimiento.
En los últimos años ha ganado fuerza el desinfluencing: creadores que cuestionan la cultura del consumo impulsada por formatos como los hauls, el unboxing, el GRWM o el OOTD, y que buscan desalentar compras innecesarias.
La crítica no surge en el vacío. Según Exploding Topics, a julio de 2025, la mitad de las 30 tendencias más populares en internet estaban directamente asociadas a productos, marcas o servicios.
En ese contexto, los hauls se convirtieron en un símbolo del exceso: videos donde se exhiben compras masivas de objetos nuevos, muchas veces sin un uso claro más allá del contenido mismo.
Frente a esto, algunos creadores comenzaron a invertir la lógica: explicar por qué no recomiendan un producto, visibilizar el impacto del consumo impulsivo o promover prácticas como reutilizar, reparar o simplemente no comprar.
El desinfluencing no rechaza la economía creadora, pero sí la tensiona. Plantea una pregunta incómoda para la industria: ¿qué pasa cuando el valor del creador no está en vender más, sino en frenar?
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