Por Sofía Gómez
28 / 05 / 2026 | 5 mins de lectura
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Los datos de Google Trends revelan que, mientras las empresas persiguen la utopía de la transformación digital, los usuarios comunes buscan algo mucho más simple: un optimizador para su día a día.
El consumidor actual no intenta revolucionar su existencia, sino delegar cargas cognitivas y resolver fricciones de la rutina diaria.
En Latinoamérica, el interés por esta tecnología ha sido explosivo. La consulta sobre cómo utilizar la inteligencia artificial despegó en la región a principios de 2023, coincidiendo con la llegada de ChatGPT.
Hoy, la interrogante más común entre los usuarios latinoamericanos es cuál es la mejor IA para generar imágenes.
El fenómeno es tan masivo que, en países como Perú y Colombia, los términos relacionados con ChatGPT lograron posicionarse firmemente dentro del top 10 de las búsquedas anuales de Google.
A nivel global, los registros de búsqueda muestran un patrón estrictamente funcional. El público emplea las herramientas de IA como plataformas de aprendizaje rápido. V
olúmenes crecientes de interacciones con frases como "cómo empezar" o "guía para principiantes" evidencian su uso para actividades que van desde la redacción y la cocina, hasta disciplinas artísticas y físicas (dibujo, natación o baile).
En el espectro de la planificación avanzada, el interés del consumidor se ha fragmentado en objetivos domésticos muy específicos:
Los datos demuestran que el usuario promedio ve a la IA como un tutor automatizado.
Lejos de la retórica corporativa, el objetivo real een los hogares es la optimización del tiempo de ocio y la estructura del gasto doméstico.
La respuesta corporativa: El factor "Ansiolítico"
La contraparte de esta adopción fluida se localiza en las salas de directorio. Al interior de las organizaciones, la incorporación de la inteligencia artificial deja de ser un proceso lineal y se convierte en una encrucijada estratégica de primer orden, dominada con frecuencia por el pánico a la obsolescencia.
Eduardo Gomien, especialista en estrategia tecnológica, apunta a este componente psicológico como uno de los principales sesgos en la toma de decisiones corporativas actuales.
“Hay muchísima ansiedad”, señala Gomien. “Todos los corporativos o incluso startups con las que he hablado, se sienten detrás de la ola”.

Este temor a perder tracción frente a la competencia ha impulsado una ola de implementaciones apresuradas.
Gomien advierte que muchas compañías confunden la adquisición de herramientas de software periféricas con una auténtica evolución de sus procesos de negocio.
El peligro radica en optar por parches tecnológicos de rápido despliegue pero nulo valor estructural.
“Hay como dos o tres formas de aplicar la idea. Uno es soluciones puntuales. Lo aplico en un chatbot de cara al cliente, listo, ansiolítico a la vena. Me relajo, estoy aplicando inteligencia artificial. Pero eso no es transformador de la organización”.
Para el especialista, el verdadero valor se halla en las soluciones aplicadas capaces de enlazar múltiples áreas de la firma, alterando permanentemente la base operativa.
Desplegar un sistema automatizado en el front-desk de una empresa carece de impacto a largo plazo si las ineficiencias de fondo se mantienen intactas.
“¿Dónde de verdad tienes que aplicarla para que sea transformacional en tu organización? De manera estructural, que te permita repensar el negocio”, puntualiza Gomien, agregando que las automatizaciones superficiales suelen fallar porque “el cuello de botella vuelve a topar en un humano” o terminan limitándose a “gestionar un poquito mejor mi inventario, bajando costos”, sin redefinir la viabilidad de la empresa en el mercado.
La emergencia de esta tecnología ha provocado, no obstante, una consecuencia singular: la igualación temporal de las condiciones de competencia para los distintos jugadores del mercado.
“Algo fascinante hoy día es que quizás como nunca tienes la cancha lo más pareja que ha estado”, afirma Gomien.
Bajo este nuevo escenario, las dinámicas competitivas enfrentan a dos tipologías de empresas con fortalezas diametralmente opuestas. Por un lado, las firmas emergentes o startups tecnológicas gozan de altos niveles de flexibilidad y adaptabilidad.
Al carecer de herencias operativas o procesos burocráticos rígidos, cuentan con la agilidad necesaria para modificar sus modelos de negocio y operaciones semana a semana.
Sin embargo, su principal limitación se halla en la carencia de insumos esenciales: el volumen de datos históricos requeridos para refinar sus sistemas.
“Lo que no tiene esa startup es la data. Entonces, para entrenar a su modelo es muy difícil. Tiene gran adaptabilidad, baja data acumulada, por lo tanto tiene que entrenar al modelo de cero”, sostiene Gomien.
En el extremo opuesto se ubican las corporaciones consolidadas o firmas con infraestructura avanzada, las cuales retienen el control de bases de datos masivas y flujos operativos validados.
El desafío crítico para estas últimas no es la disponibilidad de información, sino el desmantelamiento de sus propias rigideces internas para lograr que la tecnología penetre e impulse una metamorfosis completa.
La lección que se desprende de las tendencias de consumo y las realidades corporativas es que el verdadero arbitraje tecnológico no se ganará mediante la mera adopción de herramientas informáticas.
Mientras el consumidor común consolida a la IA como un asistente discreto de su economía y actividades domésticas, el éxito corporativo dependerá de la capacidad de los liderazgos para resistir la urgencia del alivio inmediato —el "ansiolítico corporativo"— e iniciar una reestructuración de fondo en sus modelos operativos.
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